Servicio del Miércoles: El Evangelio Sin Barreras

El Servicio del Miércoles se centró en el capítulo 11 de Hechos, donde el diácono Luz Asto compartió un mensaje centrado en uno de los momentos más transformadores de la historia cristiana: la expansión del evangelio más allá de las fronteras culturales, llegando por primera vez a los gentiles como comunidad.

La enseñanza profundizó en el proceso mediante el cual Dios derribó las barreras religiosas y étnicas que separaban a judíos y gentiles, utilizando al apóstol Pedro como instrumento. Según el pasaje bíblico, Pedro enfrentó duras críticas de los creyentes judíos al regresar a Jerusalén por haber entrado y comido con gentiles, un acto considerado impuro bajo la Ley Mosaica (Levítico 11).

«Entraste en casa de hombres incircuncisos y comiste con ellos» (Hechos 11:3), le reprocharon.
Sin embargo, Pedro respondió: «¿Quién era yo para pensar que podría oponerme a Dios?» (v. 17).

Este acto marcó el inicio del reconocimiento oficial de la iglesia gentil y allanó el camino para el cumplimiento de la Gran Comisión: llevar el evangelio hasta los confines de la tierra (Mateo 28:19).

El mensaje enfatizó que el conflicto en Jerusalén no era meramente cultural, sino profundamente teológico. Mientras algunos temían que se perdiera la identidad del pueblo escogido de Dios, el Espíritu Santo estaba demostrando que la salvación viene por gracia mediante la fe, no por obras ni rituales humanos (Efesios 2:8-9; Romanos 3:28).

«Pedro no se dejó llevar por ideologías ni presiones sociales», destacó el mensaje, «sino por la voz de Dios y la clara manifestación del Espíritu Santo sobre los gentiles». La visión de Pedro en Jope —una sábana que descendía con animales inmundos y el mandato divino de comer— fue citada como una revelación clave: «Lo que Dios ha purificado, no lo llames tú impuro» (Hechos 11:9).

La reacción final de la iglesia en Jerusalén fue ejemplar: tras escuchar la explicación de Pedro, los creyentes se tranquilizaron, glorificaron a Dios y reconocieron que incluso a los gentiles, Dios les había concedido «arrepentimiento para vida» (Hechos 11:18).

Esta actitud de humildad ante la obra de Dios se destacó como una lección para la iglesia actual: cuando Dios obra, no debemos resistirnos, sino unirnos a su propósito.

«No debemos diluir el vino del evangelio», advertía el mensaje, «pero tampoco debemos volvernos orgullosos ni exclusivos. La gracia debe permanecer pura, pero también debe fluir libremente».

El mensaje concluyó recordando a la congregación que, gracias a esta apertura hacia los gentiles, el evangelio no se limitó a Jerusalén, sino que se extendió desde Galilea → Jerusalén → Judea → Samaria → hasta los confines de la tierra (las tierras gentiles). Este acto de obediencia no solo transformó a la iglesia primitiva, sino que sentó las bases para la misión global que continúa hasta nuestros días.